Como un desesperado glotón que abre su hocico para tragar incontables dulces, el cortaúñas abrió su plateada boca para cortar mis largas uñas de los pies.
La noche se apoderaba de mi cuarto. Mientras el cortador redondeaba mis uñas- que al parecer habían estado un poco largas para la pequeña herramienta-, escuché un agudo frenazo que provenía de la calle frente a mi ventana. Por la duración del sonido, podía intuir que el conductor era de aquellos malandros que por la tarde se adueñaban de las calles descendientes de mi urbanización. Con sus carros tuneados, pelos engominados que hacían alusión a los peinados de las series animadas y lentes de sol (que apropiadamente llevaban al anochecer), estas escorias humanas recorrían Manzanares sin preocupación por los vecinos que deseaban pasar un domingo en tranquilidad.
Cómo deseaba que el choque hubiese sido uno de esos “desastres gloriosos”. Con contradictoria satisfacción, imaginé como podía ocurrir el accidente; cómo el “paviperro” chocaba un carro estacionado y después, con el rabo entre sus patas, intentaba escapar de la urbanización sin ser notado. Imaginaba como su carro se volvía añicos- pero luego me daba cuenta que la uña de mi dedo gordo había quedado asimétrica y que el corta uñas había cedido por una de sus tenazas.
miércoles 17 de junio de 2009
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3 comentarios:
Y qué ocurriría si el carro chocado hubiera sido el tuyo? Es que me dió curiosidad...
Si fuese el mio mentaria la madre y tendria mas material para escribir mas cronicas jaja.
lo tienes, entonces.
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